La banalidad del mal

 

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Hannah Arendt, en su libro “Eichmann en Jerusalén”, nos desvela una percepción del mal que nunca antes había sido planteada. Según Arendt, existe un mal que es fundamentado en el egoísmo del ser humano, acompañado de una perversa o cruel personalidad como la de Hilter o Himmler; lo que Arendt califica de mal radical. Sin embargo, ella alega que el peor mal del siglo XX no es ese, sino el que sufrió Aldolf Eichmann y el que nosotros también podemos sentir, el denominado “mal banal”. Adolf Eichmann era un hombre ordinario que, como bien lo muestra la película de Hannah Arendt, se limitaba a ejecutar órdenes dadas por sus superiores sin cuestionarse la moralidad de las mismas. Él mismo argumenta en su juicio que no sentía ningún odio hacia los judíos y que, una vez que salían los trenes hacia la “solución final”, él ya había cumplido con su trabajo y no se cuestionaba, ni siquiera, a dónde iban a parar las millones de almas que transportaban aquellos vagones. Sin embargo, es lógico pensar que Eichmman tuviera una conciencia y que, por ello, la teoría de Hannah Arendt no es justificable a partir de este caso; pero hay que profundizar dicho razonamiento.

 

Cuando un individuo deliberadamente renuncia a pensar, desiste de oír la alerta interior que suena cuando su modo de actuar está en contradicción con sus ideales. Es más fácil verlo con ejemplos actuales; muchos profesionales tienen el derecho de apelar a la objeción de conciencia en caso de que las órdenes recibidas contradigan los propios principios morales. Un doctor tiene el derecho a negarse a realizar un aborto porque, según su juramento hipocrático, su obligación es la de velar por la salud y la vida de sus pacientes y no la de decidir sobre qué persona tiene derecho a vivir y cuál no. Desgraciadamente, muchos profesionales de la salud provocan abortos a miles de mujeres, justificando, como Eichmann, que sólo hacen su trabajo de acuerdo a una ley que no considera a un feto ser humano hasta los tres meses de vida. Ahora me pregunto hasta qué punto dicha persona no piensa y no quiere ver las consecuencias nefastas de sus actos. Si el genocidio judío ha sido uno de los mayores crímenes del siglo XX, estoy convencida que el aborto es el del siglo XXI.

 

Según la teoría de Hannah Arendt, por una parte, me tendría que sentir culpable, ya que no tengo un rol activo en las organizaciones provida siendo consciente del crimen que se está cometiendo. Reflexionando sobre mi culpabilidad me he acordado de una frase que pronunció Adolf Eichmann en su juicio que viene a decir algo así como: Si se pudiese jerarquizar la conciencia en un orden gradual se puede decir que tuve algo de culpa. Eichmann es culpable por no pensar por sí mismo y por cumplir automáticamente órdenes, pero ¿tengo yo alguna culpabilidad por no hacer nada al respecto del aborto? En este caso concreto, creo que depende de la sensibilidad de cada conciencia. Con esto no estoy llamando al relativismo, sino que hay personas que ante una injusticia su empatía hacia el otro les hace reaccionar y, por el contrario, otros individuos que, conociendo las injusticias, admiten que, por mucho que se luche, dicho mal no será exterminado. El hombre virtuoso lucharía porque si algo hace al hombre fuerte dentro de su debilidad es la esperanza. Estoy convencida que el mundo necesita un soplo de esperanza y amor para poder afrontar la “banalidad del mal” de la que nos alerta Hannah Arendt.

Lourdes Nagore

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